Crónica: La Mixteca mezcalera

El automóvil: féretro del siglo, lugar donde reposan las horas muertas, donde la podredumbre de los cadáveres del tiempo son el tedio y el hartazgo. Pocas veces es el automóvil un espacio de interacción y desarrollo, casi todas las veces es el espacio de mengua emocional en la ciudad. En esta ocasión no estábamos en la ciudad, estábamos en el Camino y la compañía no era la soledad del tránsito urbano. Íbamos a explorar los Rumbos del Mezcal, y así, en un automóvil, empezó este viaje junto con Chucho, Daniel, David, unas camas de magueyitos y una cubeta con tierra y lombrices. Ya íbamos apretados.

Comenzamos en la San Pedro de los Pinos donde nos conocimos todos (yo nada más conocía a Chucho). Por ahí de las 10 am tomamos rumbo a La Mixteca. Mientras íbamos en la carretera, Chucho y yo en la retaguardia, acompañados ocasionalmente por un fétido olor que emanaba de la cubeta de lombrices que de vez en cuando se destapaba, hablamos de diferentes temas:
La comida que hace su madre: insectos, flores de maguey y sotol; moles y yerbas. De como ha adaptado su culinaria a las necesidades y peticiones de su familia; lo que ha conservado de su aprendizaje en casa de sus padres y lo que innovo en su propio núcleo familiar.
Hablamos del Mezcal, de sus experiencias (de Chucho) con grandes marcas (comercialmente hablando), de como aprecian su trabajo y como se han quedado sorprendidas al probar mezcales de supuestamente las mismas plantas, pero que en el caso de la marca comercial nunca eran tan buenos como los mezcales de Chucho. Me decía que le preguntaban: “¿Y cómo le haces para traer tan buen Mezcal?” y que él, desconcertado por la pregunta, sin saber exactamente que responder, de pronto le llegaba una idea y respondía con otra pregunta: “A ver, ¿cuántos litros pides tú?” “Miles, cientos...” (no recuerdo la cantidad exacta, pero mucha). Entonces él respondía: “yo pido apenas unas cuantas decenas, lo que tengan, sin presionar.” Coméntabamos que evidentemente la presión a la que eran sometidos hacía que el productor completara su producción con plantas inmaduras, otra variedad de maguey o agua que hacía todo un producto con menores cualidades gustativas.
Hablamos también de una experiencia que tuvo cuando alguna vez le preguntó a su papá: “¿cuál crees que sea el ingrediente principal para producir Mezcal?”, después de unos momentos, su papá respondió preguntándole de regreso que cuál creía él que fuera ese ingrediente. Chucho respondió que maguey, y en una respuesta confusa, agregó al agua: maguey y agua. Su papá respondió que no, ninguno de ellos, respondió que el ingrediente principal para que un Mezcal, y de hecho cualquier cosa, salga bien es la familia y la unión familiar. Siempre el cariño de una familia es el químico perfecto que une los elementos de una bebida o comida y también el sazonador ideal.

De pronto, sin darnos cuenta del recorrido, llegamos al entronque adecuado, que según la cartografía de google maps, estaba apenas unos kilómetros delante de Tehuacán, en el área de la Reserva de la Biósfera de Tehuacán-Cuicatlán. La había atravesado muchas (muchas) veces por carretera, y siempre pasado de largo, nunca me había dado una oportunidad para desenvolver en visiones concretas lo que sentía que había detrás de aquellos montes de paisajes arcaicos. Entramos.

Después de un par de kilómetros de una carretera secundaria, que nos desvió del camino que va a la ciudad de Oaxaca, nos adentramos a una carretera más fútil aún:

Y como si el terreno estuviera presumiendo su naturaleza, se nos exhibía orgulloso a los costados, mostrándonos sus más agraciados especímenes: tetechos, finas y espigadas astas que forran de verde el área de los montes; biznagas, en oposición a los tetechos, robustos troncos verdes de los que brotaban afiladas espinas; magueyes, la planta de nuestros sueños y búsquedas, de la que irradian espadas sinople que a veces se tuercen en formas macabras y otras crecen finas como floretes; toda esta verdura contrastaba con el suelo pálido, color de los parajes más marchitos de la vida, donde, justamente, sólo la naturaleza más orgullosa sobrevive y prospera: En la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales, defendiéndose de la seca.—

Andando, Chucho nos decía como al Pitzometl (maguey) también le llamaban “cola de león” porque dentro de la fauna de aquella región se encontraban algunos felinos a los que coloquialmente denominaban leones, siendo que el maguey en sus pencas presenta circunferencias blanquecinas concéntricas y aparece pintito, y las pencas unidas del centro están torcidas y rayadas formando una cola como la de los gatos.

Nos detuvimos en una comunidad anterior a Zapotitlán Salinas que tenía por ocupación el tallado de piezas de ónix y mármol. En una tienda a las afueras del pueblo donde nos bajamos a comprar artesanías rocosas (a precios inauditos en la ciudad). Los otros compraron artesanías para sus casas, yo en un impulso más pragmático compré unas piedras para hacer masaje y una sal de mar riquísima que se había extraído de una comunidad cercana, me dijeron. (¿Sal de mar a cientos de kilómetros del océano? Sí, toda esa región en sus eras más prehistóricas fue litoral marino. Desde la carretera vimos una mina de esta sal que parecía el descubrimiento de un asentamiento prehispánico con sus escalinatas y basamentos.)

Más adelante, hicimos parada en el jardín botánico Helia Bravo Solis dónde Chucho compró un par de plantas y fue advertido por los demás ocupantes del auto que lo próximo que comprara ocuparía su lugar, pues ya no cabíamos más en el coche entre camas de magueyes, Tierra, piedras y gusanos. Estrujándonos entre tierra, verde y piedras, subimos uno por uno al auto para que el conductor —menos obstaculizado en su lugar— nos cerrara las puertas. Advertidos ya sobre cargar más cosas, nos dirigimos al destino planeado.

Hicimos parada en una tiendita, donde sin más, Chucho llegó a pedir al tendero cinco litros de Mezcal. Con esto Chucho nos demostraría el cambio drástico que había en un Mezcal si era almacenado en recipientes de diferente material tan sólo un par de semanas. Él había estado ahí antes, y había llevado recipientes de vidrio al productor, pero en la tienda, donde ahora tenían parte del mismo lote, se encontraba almacenado en plástico.

El camino para el palenque y la casa del maestro es recóndito y sinuoso. A partir de que nos desviamos de Zapotitlán Salinas, comenzó la terracería: el único camino del verdadero rumbo mezcalero. Nunca es sencillo.
Buscábamos una playera roja sobre un nopal, ella marcaba la desviación apropiada en aquel camino de grava. No la vimos. Después de unos momentos Chucho dijo que nos habíamos pasado y tuvimos que echar marcha atrás (en reversa) unos metros sobre aquella angosta carretera. De un lado: “pasas, pasas”, del otro: “¡para el otro lado! ¡para el otro lado!”. Un zigzagueo más, y llegamos a un llanito donde pudimos enderezar el coche para ir de frente. Entonces lo vimos, un nopal vistiendo una playera de un rosa blanquecino: pálida ya, como casi toda la naturaleza de la zona.

Al llegar a la casa de Don Próspero percibimos el contraste entre el terreno hostil y el espíritu amable de él y toda su familia. En el llano se levanta su pequeña casa de quiotes, palma y fierro, también se levanta al cielo la milpa y los pequeños sembradíos que tiene alrededor de su hogar. Todo muy acogedor. Se percibe rápidamente la conexión que han formado con la naturaleza, y como han logrado mimetizarse con en ella; sin embargo también el terreno es hostil con ellos y apreciaríamos después que bien les servirían unas cuantas cosas.

Lo primero que hizo fue ofrecernos un mezcalito (del que ya tenía guardado en recipientes de vidrio). Nos tomamos el Mezcal mientras nos contaba cual es su proceso de producción.

Nos llevo a dar la vuelta a los terrenos aledaños donde acababa de trasplantar unos Pitzometl, pues ellos cada que cosechen tienen que reponerlos sembrando nuevos magueyitos para dar equilibrio al sistema, no de la producción de mezcal, sino al sistema natural de la biósfera —que por su puesto beneficia al sistema de la producción de mezcal. Así es esto de la naturaleza.

En el camino nos contaba como él comparte el palenque con otras dos personas, y que sólo lo pueden utilizar una o dos veces al año cada uno, debido a que en los meses fríos es muy difícil y caro producir Mezcal en aquella zona, debido a que los planes de conservación no permiten la cosecha continua.

Sumergidos, ahora sí, totalmente en aquel ecosistema, pudimos apreciar los tetechos desde cerca, en algunos casos, observando los esqueletos de su cuerpo ya muerto. Ramas acomodadas de forma barroca que son adornos perfectos para aquellos parajes. Íbamos recolectando minerales de varios colores: rojos, transparentes, blancos, grises, negros. La única fauna que pudimos apreciar fueron escarabajos negros o insectos voladores que andaban en el campo. El ambiente olía a sal y me dije a mí mismo que si me fijaba bien en algún momento podría ver un caracol fosilizado, lo cual me llevó a un pensamiento que ya había pensado antes sobre aquel lugar: allí la vegetación, los magueyes crecen poderosos porque aquí su alimento es el cuerpo ancestral de los cretácicos habitantes de la Tierra arcaica.

Regresamos a casa de Próspero para ser recibidos con un plato de frijoles, tortillas y un cantarito de barro que mantenía muy fresca el agua. Comimos y bebimos.
Nos dijeron que el agua provenía del manantial cercano a la casa. Escuchar sobre el manantial nos causó gran curiosidad a Chucho y a mí, así que decidimos ir a inspeccionar. Acompañados por el hijo de Próspero, subimos y descendimos un pequeño montículo tras el que se escondía el manantial de agua turquesa. Probamos su agua, salada y sabrosa, como toda la naturaleza de la zona. Tomamos un cantarito de agua para echarla a una botella y traerla de regreso a la ciudad (no sobrevivió, pues hubo un momento en la carretera en que nos quedamos sin agua.) Regresamos para ser recibidos con unas pitajayas cosechadas en esa misma zona. Las probamos para sorprendernos con su sabor y la similitud de sabores con el agua y el mezcal. ¡Ah, la naturaleza!

En aquella prueba de pitajayas Daniel y David hablaban con la familia sobre las diferencias de las vidas rurales y urbanas; de cómo en la ciudad se han perdido muchos valores, y de como para poder conservarlos en el campo, se tenían que dejar a cambio otras cosas, como las comodidades de las ciudades.

Ambas partes tratábamos de aprender y desaprender de las ideas de los demás, tratábamos de entender cuál era el camino correspondiente para vivir bien, en todos los aspectos, desde lo material hasta lo espiritual. Ambos estábamos tratando de aprender a como ser más rurales o más urbanos. Yo creo que la respuesta no recae en como ser más de uno u otro porque uno no es mejor que otro, sino en el complementar y hacer un equilibrio adecuado.

Y poco a poco el muro que dividía nuestras culturas se quebraba, todos íbamos compenetrando y entendiendo cada vez más, de ninguna parte se concebía como es que ha llegado a existir tanta diferencia.

Después de un rato comenzó la lluvia y el sol se metió y tuvimos que partir, dejando nuestras huellas en la arcilla, de casa de Próspero. No sin antes encajar, empotrar y embutir los litros de mezcal que le compramos a Próspero.

Así que conforme el día avanzó el coche terminó lleno. Sin embargo no me sentía apretado, creo que tampoco los demás. Íbamos llenos no sólo por los magueyes comprados, las camas de magueyitos, las piedras, la sal, las pitajayas, la tierra y lombrices, nuestras maletas y el mezcal: íbamos llenos de una experiencia embriagante, no por haber bebido mezcal, sino por haber convivido y conectarnos con alguien más, emborracharnos de la vida de otros hombres y mujeres; de personas que llevan una vida que si acaso no es opuesta, sí perpendicular, sí diferente.

La emoción de nuestra experiencia llenaba los intersticios que hacían falta por llenar en aquel reducido lugar, pero no apretaba, nos sentíamos bien. La conciencia se nos desparramaba y no encogía el espacio, ni pesaba sobre nuestras piernas.